Hola, mortales
La luna subió lentamente al cielo nocturno, como una promesa aún sin cumplir. Eran las 11:54 de la noche, del 4 de junio de 1992.
Yo me revolvía en mi cama, sin poder conciliar el sueño. Tenía la sensación de que algo iba a pasar dentro de poco. No sabía si levantarme, o intentar dormir un poco más. Opté por dormir, pero mi cuerpo no me dejó, estaba alerta. No pude con la presión de quedarme allí parada, y me levanté. Tenía un sudor frío por todo el cuerpo. Me di cuenta de que esa iba a ser la última noche en mi casa. A la mañana siguiente, vendría el director del orfanato del pueblo a llevarme a mi nuevo hogar.
Salí de mi habitación y me dirigí al balcón. Era viejo, y no parecía muy resistente, pero era un lugar acogedor para mí, ese balcón me proporcionaba protección.
La primera vez que estuve allí fue cuando unos chicos del colegio se burlaron de mí. En ese momento se me ocurrió que podría servir para jugar a la ouija, e invité a unos amigos. Solo jugamos dos días. La siguiente vez estaba muy triste porque mi perro había desaparecido. La quinta vez que subí estuve llorando 3 horas porque mi hermana se había roto el cuello en un accidente de moto. A la sexta vez que subí mis padres habían tenido una terrible y larga pelea. Las siguientes 4 veces que fui, estuve acompañada por mi hermano, y estuvimos hablando mucho. Nos hicimos inseparables. La undécima vez estuve en silencio, mirando al infinito, reflexionando sobre porqué mi hermano se había suicidado. A la duodécima mi vida se había roto por completo, recibí la noticia mas horrible de mi vida, mis padres habían sido asesinados.
La decimotercera vez estuve allí simplemente porque me lo pidió el cuerpo. Me quedé una hora mirando al cielo. Supliqué a quien me estuviera escuchando que acabara con mi vida, de cualquier forma, pero que terminara con ella. No soportaba la agonía de haber perdido a todas las personas que realmente quería.
La noche del 4 de junio me quedé mirando otra vez al cielo, y poco a poco cerré los ojos. El viento soplaba suavemente, y poco a poco, se llevó la intranquilidad de mi cuerpo, haciéndome olvidar los recuerdos que torturaban mi alma. Esos fueron los momentos más felices de mi vida, yo, en paz, sin pensar en nada, con el alma limpia como cuando acabas de nacer, sin ningún recuerdo penoso.
Entonces noté una mano resbalarse por mi cintura, y otra apoyarse en mi hombro. No grité, no tenía miedo. El viento se había llevado consigo todo recuerdo y sentimiento que acumulaba.
Mi opresor me susurró al oído con una voz grave pero dulce: " Vengo a concederte tu deseo". Entonces sentí que la mano que estaba apoyada en mi hombro subió lentamente y me sujetó la cabeza con dulzura. El hombre acercó su boca a mi cuello y sentí sus dientes clavándose en mi piel. Luego solo hubo silencio.
Lo último que sentí, fue la gratitud, la gran gratitud hacia mi salvador, mi ángel de la guarda, que escuchó mi plegaria y me la concedió.
16 de febrero de 2010
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